Artículo de opinión. De nuevo Gibraltar.

gibraltarespañolPor José Luís Martín. Por el injusto Tratado de Utrecht, en el sur de nuestro territorio peninsular existe una colonia inglesa; la única colonia que existe en Europa. Y para lo de “injusto” solo quiero aducir ahora -ya he tratado este tema al menos dos veces- que Inglaterra vino a España a luchar, en la Guerra de Sucesión, a favor del pretendiente austriaco que disputaba el trono de España, vacante por la muerte sin sucesión deCarlos II, al francés, nieto del Rey Sol, que resultó vencedor y fue nuestro Felipe V. Y, contra toda razón, quien vino a ayudar al vencido se apropió después de Gibraltar y Menorca.

En una guerra normal quienes pierden -protagonista y ayudantes- deben pagar indemnizaciones al vencedor; aquí ocurrió lo contrario: un ayudante se levantó “con el santo y la limosna” y se llevó dos plazas, de las cuales más tarde hubo de devolver Menorca. Creo que esto fue injusto, a todas luces. Como ejemplo contrario, véase lo que hubo de pagar Alemania en su doble derrota en las dos grandes guerras del siglo XX.

Indudablemente la razón y el sentido común influyeron sobre la Sociedad de Naciones (llámese como se quiera) para recomendar en estos últimos tiempos (del siglo XX) la devolución a España de la soberanía sobre Gibraltar. A esta recomendación -como a otras cuestiones- ha hecho “oídos sordos” la antaño Inglaterra, hoy parte principal del Reino Unido.

El actual ministro de Asuntos Exteriores del Reino de España, señor García Margallo, ha pronunciado unas palabras que denotan postura enérgica: “se acabó el juego”. Pero si todo queda en eso, tales palabras no significan más que la “mirada hacia otro lado” que han dispensado a este asunto todos los gobiernos de España. Hubo muchas protestas; se tomaron medidas de distinto signo; pero ahí sigue la colonia y ahí se ve, de vez en cuando, el apoyo que le da la monarquía inglesa con acciones en las que manifiesta su verdadero dominio.

Sin embargo, España debe tomar muy en serio la existencia de ese “enclave” en nuestro territorio. De una vez por todas debe tomar las medidas para solucionar el problema. Somos muy celosos -y con razón- de la unidad de España, a la que quieren atentar algunos políticos catalanes. Sin embargo, parece que no importa a España tener ahí, en su apéndice meridional, esa mella que hoy se ha convertido en un verdadero cáncer. Su “metástasis” se traduce en bastantes grupos de crimen organizado existentes en la misma España.

Hasta quince de estos grupos ha encontrado la Policía española en su investigación al respecto. Es muy grave para el fisco la cantidad de 718 millones de euros calculados para el contrabando (de tabaco, sobre todo) que perjudica a nuestra Hacienda Pública. Y está considerado Gibraltar como un centro financiero con conexiones internacionales en numerosos países de los cinco continentes. La OCDE enumera 28.000 compañías; pero España las asciende a 30.000 y algunos llegan a hablarnos hasta de 80.000. Es una verdadera barbaridad en cualquier territorio; pero si consideramos que en Gibraltar moran 30.000 personas, ya se puede calcular la inmensa importancia que lo financiero representa para esa colonia británica. Se entiende así cómo pueden vivir esas 30.000 personas. La explotación de los monos existentes en la Roca no da para tanto. Es necesaria esa actividad financiera de una compañía por habitante para explicar por qué la renta per cápita” de esos habitantes supera a la de todos los países del entorno.

Si las palabras de nuestro ministro de Asuntos Exteriores quieren significar algo, el asunto de Gibraltar tiene que terminar por su adhesión a la soberanía de España. Nuestros gobiernos deben tomar cartas en el asunto con toda seriedad y con toda clase de medios. Lo primero tendría que ser una negociación con el Reino Unido, en la que se ponga sobre la mesa lo expuesto sobre la situación financiera y el fraude fiscal. Se debe buscar el apoyo firme y eficaz de la Unión Europea, a la que pertenecen Inglaterra y España. Si la negociación resulta inviable habría que recurrir a lo que nos enseñó Shakespeare en “El mercader de Venecia” y exigir el estricto cumplimiento de lo señalado en el Tratado de Utrecht limitando férreamente los límites del Peñón por tierra, mar y aire. Después, sí; seguramente sería eficaz un referéndum entre los residentes en Gibraltar, que verían importante beneficio en disfrutar plenamente de los derechos y libertades como el resto de los ciudadanos españoles. Artículo extraído de la Opinión de Zamora.

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